El [ab]uso del transportín canino

Hoy hablo de un tema bastante controvertido en educación canina: El uso del transportín.

 

Siempre he recibido muchas consultas sobre cómo y cuándo implementar el transportín canino; sin embargo, en los últimos años las familias me preguntan el cómo, pero jamás se cuestionan el cuándo, ya que estos se han recetado de forma abusiva en todas y cada una de las situaciones y edades del perro. Debido a esto, y aunque a algunas personas les parezca raro, me he encontrado con infinidad de casos en los que el transportín no solo NO ha solucionado el programa de modificación de conducta, sino que lo ha empeorado. 

 

Cabe remarcar que, el transportín, puede ser una herramienta muy útil, siempre que se positivice y en los siguientes casos:

  • A la hora de viajar con nuestro perro. 
  • Para acudir a la clínica veterinaria. 
  • Con la puerta abierta como zona de refugio segura para el animal.

Sin embargo, dentro de todos los casos que me he encontrado en relación a este tema, hay uno que se repite de forma habitual en la utilización abusiva que se ha hecho del transportín en los últimos años: “El uso para que el perro no haga pis y/o no destroce algo en casa bajo la creencia de que de esa forma comenzará a gestionar una pequeña zona del hogar por si mismo”.

 

Hoy quiero contaros el caso de Mani, un perro al que se le había recetado el transportín para modificar su problema conducta:

 

Mani era un pinscher de cinco meses de edad que, como ocurre con todos los cachorros, estaba lleno de energía y se mostraba muy curioso con todo lo que le rodeaba. Realizaba muchos destrozos en casa, y siempre hacía pis al volver del paseo; aunque pasara mucho tiempo fuera, nunca evacuaba en el exterior, y en la clínica veterinaria habían descartado un posible problema de salud.

 

En la primera visita pude observar que ladraba a todos los estímulos que aparecían en su camino y que mostraba claras señales de incomodidad que indicaban un miedo generalizado a personas y a otros perros, provocándose así un alto nivel de estrés que no llegaba nunca a eliminar. Unido a esto, en el apartamento se escuchaban muchos ruidos del vecindario que hacían que Maní se escondiese debajo de la cama. 

 

La familia había estado trabajando con un educador canino que había aplicado la técnica de espacio reducido, que consiste básicamente en habituar al animal al transportín de forma progresiva, aumentando poco a poco el tiempo que el animal permanece dentro de la jaula y con el apoyo de un juguete alimenticio hasta que lo encerremos por completo y pase allí un tiempo determinado. Posteriormente a este trabajo, las pautas que el educador le dio a la familia fueron las siguientes: “durante un mes, Mani se mantendría encerrado en el transportín, del que se le permitiría salir solamente cuando estuviera la familia y para dar dos paseos al día de gran duración e intensidad, intentando de esta forma cansarlo y que realizase las evacuaciones en el exterior”.

 

Esto es lo que yo llamo la técnica de la comodidad: “El problema es que el perro destroce el sofá y haga pis en casa, por lo tanto, lo encierro, y así no se producirán daños ni habrá suciedad en el hogar y la familia estará contenta; si aparecen otros problemas, ya los solucionaremos”.

 

Aquí es donde queda demostrado que no sirve de nada aplicar pautas generalistas sin analizar la raíz real del problema, que en este caso era muy simple: Mani tenía miedo a los estímulos que percibía en la calle y en el edificio, por lo que las pautas que aplicaron no solamente no funcionaron, sino que provocaron que, en los últimos días, Mani hiciera pis antes de entrar al transportín y comenzara a morder a la familia cuando esta iba a introducirlo en la jaula. El perro había perdido el vínculo con su familia y, su miedo y estrés, habían aumentado. 

 

El haberlo mantenido encerrado en una situación que le daba miedo y forzarle durante largos e intensos paseos a enfrentarse a estímulos que le provocaban ansiedad, hacía que ahora la modificación de conducta fuera todavía más difícil. Así que lo primero que hice fue deshacerme del transportín y explicarle a la familia de Mani que este no hacía pis en la calle porque sentía mucho miedo, lo que hacía que evacuara al llegar a casa y que intentase liberar su estrés mordiendo el sofá. También les hice conscientes de los ruidos que se percibían desde su apartamento, así como de la necesidad de permitir al animal refugiarse "con libertad" y ayudarle a gestionar esa situación por sí mismo. Inmediatamente entendieron el problema y, mediante una serie de ejercicios, el vínculo entre el animal y la familia comenzó a recuperarse. 

 

Fue necesario implementar infinidad de actividades relacionadas con la reducción de estrés, así como enseñar a toda la familia a respetar los momentos de descanso del animal. Los paseos al principio eran muy cortos, haciendo un trabajo de desensibilización hacia todo aquello que provocaba miedo en el animal tanto en la calle como en el apartamento; preparé una zona de seguridad bajo la cama de la familia, ya que esa era la zona que Mani había elegido realmente como segura, escondiéndose allí cuando escuchaba algún ruido inesperado en el edificio. Si no se hubiera abusado y utilizado inadecuadamente el transportín en las sesiones previas, también podría haberse positivizado la jaula ofreciéndose como un lugar seguro que se mantuviera siempre abierto, pero esta herramienta se había perdido con su uso previo e inadecuado, así que lo mejor fue colocar una camita en esa zona. 

 

A los pocos días, Mani comenzó a realizar las evacuaciones al lado del portal, en una zona que para él ahora se había convertido en segura, los destrozos dejaron de sucederse y, aunque siguió durante un tiempo utilizando la zona de seguridad, poco a poco aprendió a gestionar los ruidos y a sentirse más cómodo en el resto del apartamento. Lo que podía haberse solucionado en tres meses de trabajo, hizo que el plan de modificación de conducta llevara un año completo pero, finalmente, se solucionó el problema.

 

Ahora que ya conoces la historia de Mani, por favor, si estás pensando en utilizar un transportín, positivízalo, deja la puerta abierta y piensa cuándo, piensa cómo y también si realmente es necesario utilizarlo en tu caso. Por mi parte, yo estoy a favor de utilizar el menor número de herramientas posibles y jamás apoyaré técnicas que conlleven encerrar al animal en un transportín para realizar una modificación de conducta; siempre hay una alternativa más natural, le pese a quien le pese.

 

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